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martes, 2 de mayo de 2017

Guerra de España ( 1936 - 1939 ) " 2ª Parte ".




Las operaciones militares. Los dos ejércitos.

Aunque se trata de un tema muy controvertido, la mayoría de los historiadores calculan que un 70% de los 15.000 jefes y oficiales en activo en 1936 combatieron en el bando sublevado, 1236 fueron fusilados o encarcelados por ser desafectos al bando vencedor en cada lugar, mientras que, por el contrario, la mayor parte de los 100 generales no se sublevaron. De los 210.000 soldados de tropa y suboficiales que teóricamente formaban el ejército regular en 1936, unos 120.000 quedaron en la zona sublevada, pero lo más decisivo fue que entre ellos se encontraban los 47.000 que formaban el Ejército de África que constituían las mejores tropas del ejército español. La Guardia Civil, por su parte, quedó muy dividida entre los leales y los rebeldes a la República.

Así pues, el bando sublevado no tuvo que construir su ejército sino que contó desde el primer momento con las unidades militares y las fuerzas de orden público, sublevadas durante el golpe ya organizadas y dirigidas por sus mandos, entre las que destacaba el ejército del Protectorado de Marruecos, el llamado Ejército de África, compuesto por la Legión Extranjera y los Regulares tropas indígenas moras mandadas por oficiales españoles, que constituía la fuerza militar más experimentada de todo el ejército español. Por otro lado las milicias carlistas, requetés y las milicias falangistas que apoyaron a los sublevados fueron integradas en el ejército del que se consideraban aliadas y no enemigas al contrario de lo que sucedió en el bando republicano donde las milicias obreras, especialmente las milicias confederales anarquistas, siempre desconfiaron de la institución militar, con la excepción de las milicias comunistas.

En el bando sublevado el ejército alcanzó rápidamente la unidad de mando y dominó completamente la vida civil de la zona sublevada, que ellos llamaban zona nacional. La muerte en un accidente de aviación en los primeros días del golpe del general Sanjurjo, que era el militar elegido por sus compañeros para encabezar la sublevación, hizo que el mando en la zona sublevada quedara entonces repartido entre los generales Emilio Mola y Francisco Franco, pero solo dos meses después, el 1 de octubre, el general Franco asumió el mando único militar y político, el general Mola murió en otro accidente de avión al año siguiente, el 3 de junio de 1937.

" El fenómeno de la centralización militar del esfuerzo de guerra en la zona sublevada hizo que no se permitiese nada que se asemejase a la desunión política, al rencor entre grupos políticos y a la falta de confianza en los mandos y jefes de la campaña, todo lo cual se manifestó especialmente en la retaguardia republicana del norte, en Aragón y en Cataluña, que es donde se perdió realmente la guerra. A medida que la República iba perdiendo la guerra, aumentaban el hambre y las privaciones en la retaguardia, creándose una situación infernal, con refugiados, bombardeos, escasez y frío ".

En cuanto a la ayuda extranjera, el bando sublevado recibió armas de todo tipo y aviones prácticamente desde el primer día por parte de la Alemania nazi y la Italia Fascista a la que pronto se añadieron unidades militares completas. la Legión Cóndor alemana y el CTV italiano, en un flujo continuo que nunca se detuvo a largo de la guerra.

Por su parte el bando republicano no pudo contar con prácticamente ninguna unidad militar completa organizada y disciplinada con todos sus mandos y suboficiales y durante los primeros meses la fuerza militar que se opuso al ejército sublevado, tras la decisión del gobierno de José Giral de licenciar a las tropas para evitar que la sublevación se extendiera, estuvo constituida por columnas improvisadas integradas por unidades sueltas y por las milicias de las organizaciones obreras, que cuando estaban mandadas por oficiales de carrera estos a menudo suscitaban sospechas de traición entre los combatientes. Fue a partir de la formación del gobierno de Largo Caballero el 5 de septiembre de 1936 cuando se inició el proceso de construcción de un verdadero ejército, con la militarización de las milicias y su integración en las Brigadas Mixtas, primer paso para la creación del Ejército Popular que solo se logró tras la superación de la crisis de los sucesos de mayo de 1937, y la formación a continuación del gobierno de Juan Negrín. Pero el ejército republicano siempre tuvo un problema estructural de difícil solución, la falta de mandos profesionales según los cálculos de Michael Alpert, solo un 14% de los militares que figuraban en el Anuario Militar de 1936 servían todavía en 1938 en el ejército de la República. Un problema que fue especialmente acuciante en el caso de la Armada. Algo que reconoció el general republicano Vicente Rojo, que escribió.

Hemos creado un ejército con el nombre de tal, con toda la nomenclatura y sistema de mandos de un ejército regular... pero sólo hemos subido los primeros peldaños para alcanzar la cumbre.

Además en el bando republicano la unidad de mando solo se logró, a mediados de 1937 cuando el Ejército Popular estuvo completamente estructurado y, por otro lado, solo a partir de ese momento las necesidades militares se impusieron sobre las de la vida civil marcada por la Revolución Social de 1936. Y también, a diferencia del bando sublevado, era el gobierno quien tomaba las decisiones pero siguiendo casi siempre las recomendaciones del Jefe del Estado Mayor, el coronel y luego general Vicente Rojo, y de otros militares leales.

En cuanto a la ayuda extranjera la República, a causa de que Francia y Gran Bretaña no acudieron en su ayuda y además impulsaron el pacto que dio nacimiento al Comité de No Intervención, cuya prohibición de suministrar armas a alguno de los bandos contendientes no fue cumplida ni por Alemania ni por Italia, a pesar de haber firmado el acuerdo, la República tuvo que adquirir el material bélico donde pudo, a menudo recurriendo a los traficantes de armas que en ocasiones les vendieron material anticuado o en muy mal estado a precios astronómicos. Esto le hizo depender de los suministros que le proporcionó la Unión Soviética, después de que Stalin superara sus dudas sobre la ayuda a los republicanos españoles, cuyo material bélico, armas automáticas, tanques y aviones, acompañado de instructores y consejeros militares soviéticos, junto con las Brigadas Internacionales reclutadas por la Internacional Comunista o Komintern, no comenzó a llegar hasta octubre de 1936 y luego las sucesivas entregas se interrumpieron en varias ocasiones en función de la coyuntura internacional europea que determinaron, por ejemplo, que el gobierno francés abriera o cerrara la frontera, y del creciente bloqueo impuesto por la Armada sublevada en los puertos republicanos.


Julio-octubre de 1936: avance sobre Madrid y campaña de Guipúzcoa.

Nada más conocerse el 17 de julio por la tarde que la sublevación militar había triunfado en el Protectorado de Marruecos, el ministro de Marina José Giral que dos días después acabaría presidiendo el gobierno de la República tras la dimisión de Santiago Casares Quiroga y del gobierno relámpago de Diego Martínez Barrio, ordenó que varios barcos de guerra de la Marina se dirigieran al estrecho de Gibraltar para que bloquearan las plazas de Ceuta, Larache y Melilla y evitar así el paso a la península de las tropas coloniales. De la base de Cartagena salieron los destructores Almirante Valdés, Lepanto y Sánchez Barcáiztegui, con orden de navegar a máxima potencia hasta el estrecho. Gracias a que las dotaciones de esos barcos se rebelaron contra sus oficiales, que estaban comprometidos en el golpe, los sublevados no pudieron disponer inicialmente del Ejército de África, compuesto por la Legión Extranjera y los regulares tropas formadas por marroquíes mandados por oficiales españoles.

El mismo día 19 de julio en que fue sofocada la rebelión en Madrid, salieron de la capital hacia la sierra de Guadarrama varias columnas compuestas por milicianos y por tropas de las unidades militares que habían sido disueltas por orden del gobierno para evitar que se pudieran sumar a la sublevación. Allí consiguieron impedir que las columnas de los sublevados enviadas por el general Mola desde Castilla y León y desde Navarra consiguieran atravesar los puertos de montaña de la sierra madrileña y llegar a la capital. El frente norte de Madrid quedó así estabilizado hasta el final de la guerra. Esta primera campaña de la Guerra Civil fue conocida con el nombre de batalla de Guadarrama.

Desde Barcelona, también una vez sofocada la rebelión, salieron varias columnas formadas rápidamente por las organizaciones obreras y los partidos de izquierda para dirigirse a Aragón. Junto con las columnas del POUM y del PSUC y una de Esquerra Republicana de Catalunya que salió desde Tarragona, el contingente más importante lo aportaron las milicias confederales de las organizaciones anarquistas, CNT, FAI, Juventudes Libertarias. La primera y más numerosa fue la columna Durruti, así llamada porque estaba encabezada por el líder de la FAI Buenaventura Durruti, que salió de Barcelona el día 24 en dirección a Zaragoza. Las también anarquistas columna Ascaso y columna Los Aguiluchos de la FAI salieron en dirección a Huesca. pero ninguna de ellas consiguió alcanzar sus objetivos de liberar las tres capitales aragonesas desde Valencia había salido hacia Teruel la columna de Hierro, y el frente de Aragón quedó estabilizado, aunque los anarquistas llevaron la revolución a la mitad oriental de Aragón donde crearon el Consejo Regional de Defensa de Aragón.

También desde la ciudad condal se organizó una expedición a las islas Baleares, de las que solo Menorca continuaba republicana. La operación iniciada el 8 de agosto al mando del capitán Bayo tuvo un éxito inicial al conseguir ocupar una franja de la costa de Mallorca, pero el desembarco de Mallorca acabó en un completo fracaso. Otro fracaso fue la ofensiva de Córdoba, donde la situación estaba indecisa, lo que constituyó una de las pocas iniciativas estratégicas republicanas. Fue organizada desde Albacete por el general Miaja, cuyo jefe de Estado Mayor era el teniente coronel José Asensio Torrado, pero el avance se detuvo pronto el general Miaja situó su cuartel general en Montoro, y los republicanos no pudieron reconquistar la Andalucía occidental, en manos de los sublevados especialmente después de la llegada de las primeras unidades procedentes del Protectorado de Marruecos.


La situación de bloqueo en que se encontraba el Ejército de África, la principal fuerza de combate con que contaban los sublevados para tomar Madrid, una vez detenidas las columnas del general Mola en la sierra de Guadarrama, se pudo superar gracias a la rápida ayuda que recibieron los sublevados de la Alemania nazi y de la Italia fascista. El 26 de julio llegaron a Marruecos los primeros veinte aviones de transporte alemanes Junker, que se podían convertir fácilmente en bombarderos, acompañados por cazas, y, cuatro días después, el 30 de julio, los primeros nueve cazabombarderos italianos. Con estos medios aéreos el general Franco, jefe de las fuerzas sublevadas de Marruecos, pudo organizar un puente aéreo con la península para transportar a los legionarios y a los regulares, y además conseguir la superioridad aérea en el estrecho. Así pues, el 5 de agosto pudo cruzarlo con una pequeña flota llamada por la propaganda de los sublevados, Convoy de la Victoria. Sin embargo, el desbloqueo completo del paso del estrecho no se produciría hasta más tarde, cuando el gobierno republicano decidió transferir la mayoría de sus barcos de guerra al Cantábrico, lo que según el historiador Michael Alpert constituyó, quizás el mayor error de la Guerra Civil. Esta decisión estuvo motivada, entre otras razones, por la negativa de Gran Bretaña, que contaba con la flota naval de guerra más importante del Mediterráneo, a que el gobierno republicano detuviera el tráfico neutral dirigido al territorio enemigo, por lo que los buques de guerra republicanos no podrían impedir que los barcos mercantes alemanes e italianos desembarcaran material de guerra en los puertos de Ceuta, Melilla, Cádiz, Algeciras o Sevilla, controlados por los sublevados.

El 1 de agosto el general Franco da la orden de que las columnas de legionarios, moros regulares y voluntarios avancen en dirección norte desde Sevilla para dirigirse a Madrid a través de Extremadura, teniendo el flanco izquierdo protegido por la frontera de Portugal, cuyo régimen salazarista apoyaba a los sublevados. Siguiendo esta ruta para llegar a la capital se unirían las dos zonas controladas por los sublevados. Se inicia así la Campaña de Extremadura. La llamada columna de la muerte, a causa de la brutal represión que aplicó en las localidades extremeñas que fue ocupando, y cuyo hecho más destacado fue la matanza de Badajoz, avanzó rápidamente a un promedio de 24 kilómetros por día. El 10 de agosto tomó Mérida y el 15 Badajoz, estableciendo a continuación contacto con las fuerzas sublevadas del norte. El avance se volvió entonces en dirección noreste para alcanzar el valle del Tajo y el 2 de septiembre caía Talavera de la Reina, ya en la provincia de Toledo. El rápido avance de los sublevados hacia Madrid, unido a la noticia de la inminente caída de Irún con lo que el norte quedaría completamente aislado del resto de la zona republicana, provocaron que el presidente José Giral, sintiéndose falto de apoyos y de autoridad, presentara la dimisión al presidente de la República Manuel Azaña. El 5 de septiembre se formaba un nuevo gobierno de unidad antifascista, presidido por el socialista Francisco Largo Caballero, que asumió personalmente la cartera de Guerra, con el objetivo prioritario de organizar un ejército que pudiera detener el avance de los sublevados y ganar la guerra.


La rapidez con que cayeron una tras otra las poblaciones en el avance por Extremadura y el Tajo se debió fundamentalmente a que el Ejército de África estaba integrado por las tropas mejor entrenadas y curtidas en combate, legionarios y regulares, quizá las únicas verdaderamente profesionales en los primeros caóticos meses de guerra. En cambio las fuerzas republicanas estaban integradas en su mayoría por milicianos a los que les faltaba adiestramiento militar. Eran indisciplinadas y tendían a huir, presas del pánico, abandonando las armas, las cuales constituían fusiles y piezas sueltas de artillería, dado que el desbarajuste originado en la capital por la sublevación no permitía una adecuada planificación militar. En julio y agosto se perdió mucho material militar. En contraste, los sublevados se armaban cada vez más con material extranjero, aparte del que tomaban al enemigo. Además los milicianos, cuya inmensa mayoría procedía de las organizaciones obreras y los partidos de izquierda, desconfiaban de los militares profesionales que pretendían mandarlos y por motivos ideológicos rechazaban la disciplina y la organización militar, a excepción de los comunistas que propugnaban la completa militarización de las milicias y la creación de un Ejército Popular siguiendo el modelo del Quinto Regimiento organizado por ellos.

El 21 de septiembre el Ejército de África tomaba la ciudad de Maqueda, a tan solo 100 kilómetros de Madrid. Ese mismo día se reunían los generales sublevados en una finca de los alrededores de Salamanca para nombrar al general Franco como mando único y supremo de las fuerzas sublevadas. Una semana después volverían a reunirse para dilucidar el mando político. En ese intervalo de tiempo, el general Franco decidió desviar hacia Toledo las columnas que avanzaban hacia Madrid para levantar el asedio del Alcázar de Toledo, donde guardias civiles y algunos pocos cadetes de la Academia de Infantería al mando de su director, el coronel José Moscardó, llevaban dos meses resistiendo los ataques republicanos. Esta decisión, que según algunos historiadores hizo perder a los sublevados la posibilidad de tomar Madrid antes de que se organizase su defensa, ha suscitado un debate entre los historiadores. Para una buena parte de ellos fue una decisión más política que militar, pues afianzó el prestigio del general Franco ante sus compañeros cuando se estaba discutiendo ya el mando único político. El Alcázar encerraba un tesoro de legitimidad simbólica - academia militar, los sitiados resistían en medio de las ruinas, con los muros de la poderosa fábrica medio destruidos, refugiados en los sótanos. Con su liberación, Franco recibió un enorme capital político - el Alcázar era el símbolo de la salvación de España que, como una mártir, resucitaba del sepulcro al que la habían conducido sus enemigos. Además tuvo un enorme valor propagandístico para la causa de los sublevados. Del Alcázar se hizo posteriormente un mito por los franquistas, cuyos principales extremos - el episodio de los diálogos de Moscardó y su hijo en manos de los asediadores, por ejemplo - están hoy absolutamente desacreditados. Sin embargo algunos historiadores afirman que también tuvo una motivación militar. Parece convincente la explicación usual - el compañerismo militar y el valor propagandístico de rescatar a los asediados en el Alcázar imponían levantar el asedio cuanto antes. Es posible que hubiera motivos políticos, no separados de la ambición de Franco de ser generalísimo y jefe civil, que impusieran ese gesto heroico. Ahora bien, el hecho de tomar primero Toledo podía justificarse militarmente - asegurar esta ciudad permitiría atacar Madrid desde el sur y el este, protegiendo los flancos por el Tajo y contando con dos carreteras de primera categoría en lugar de una. El mismo día que era levantado el asedio, el 28 de septiembre, el general Franco era nombrado por sus compañeros de sublevación no solo Generalísimo de las fuerzas nacionales de tierra, mar y aire, sino también Jefe del Gobierno del Estado Español, mientras dure la guerra.

El día 8 de octubre, el Ejército de África alcanzó San Martín de Valdeiglesias, a unos cuarenta kilómetros de Madrid, donde tomó contacto con las fuerzas sublevadas del norte al mando del general Emilio Mola, que acababa de finalizar la campaña de Guipúzcoa tras tomar Irún, el 5 de septiembre y San Sebastián el 13 de septiembre, quedando el norte republicano rodeado por tierra por los nacionalistas. Así pues, a principios de octubre, las fuerzas sublevadas se habían desplegado en un semicírculo alrededor de Madrid que partía de Toledo al sur y alcanzaba el noroeste a unos diez kilómetros al norte de El Escorial, y que se encontraba entre 40 y 55 kilómetros de la capital. Aunque las fuerzas republicanas opusieron mayor resistencia gracias a la reorganización militar emprendida por el gobierno Largo Caballero, con la formación de las Brigadas Mixtas al mando en su mayoría de militares de carrera y en las que fueron encuadradas las milicias, una militarización acompañada de la creación de la figura de los comisarios políticos, las fuerzas nacionales fueron estrechando el semicírculo que atenazaba la capital mientras que en el norte el 17 de octubre rompían el cerco de Oviedo, y a principios de noviembre llegaron a los barrios del sur de Madrid. El ataque a Madrid marcó el final del primer periodo de la guerra.




Noviembre de 1936-marzo de 1937, la batalla de Madrid y la toma de Málaga.

El 6 de noviembre cuando parecía que el ejército sublevado estaba a punto de entrar en Madrid, el gobierno de Largo Caballero decidió trasladarse a Valencia, encomendando la defensa de la ciudad al general Miaja que debería formar una Junta de Defensa de Madrid. Una salida precipitada, mantenida en sigilo, sobre la que no se dio explicación pública alguna. Quienes se quedaron en Madrid no pudieron interpretar estos hechos sino como una vergonzosa huida... sobre todo porque los madrileños fueron capaces de organizar su defensa. Dos días después comenzó la batalla de Madrid.

Dado que las fuerzas de los nacionales no eran superiores a las fuerzas republicanas que defendían Madrid unos 23.000 efectivos, la ofensiva en la capital tendría que ser rápida y en un frente muy estrecho. Una columna atravesaría el río Manzanares al norte del Puente de los Franceses y avanzaría por la Ciudad Universitaria de Madrid para luego bajar por el Paseo de la Castellana. Otra columna cruzaría el Parque del Oeste para seguir por los bulevares y llegar a la plaza de Colón. Y una tercera cruzaría el barrio de Rosales para alcanzar la Plaza de España y la calle Princesa. Para apoyar este avance se consideraba fundamental tomar el cerro de Garabitas en la Casa de Campo donde se podía situar la artillería y desde allí bombardear la ciudad. El éxito de la operación dependía de que los republicanos creyeran que el ataque se produciría por el sur y concentraran allí sus fuerzas, pero en la noche de 7 al 8 de noviembre, precisamente en el momento que iba comenzar la batalla de Madrid, el teniente coronel Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor de la defensa de Madrid, conoció los planes de los atacantes gracias a los papeles encontrados en el cadáver de un oficial muerto del ejército sublevado.

Entre los días 8 y 11 de noviembre se produjeron violentos combates en la Casa de Campo. El día 13 los nacionales ocupaban el cerro de Garabitas y dos días después lograban cruzar el río Manzanares adentrándose en la Ciudad Universitaria. Pero de allí no pudieron pasar gracias a la resistencia que presentaron las fuerzas republicanas, reforzadas por la llegada de las primeras Brigadas Internacionales, de unidades de tanques soviéticos T-26 cuya primera intervención se había producido en la batalla de Seseña, y de 132 aviones rusos, Moscas y Chatos, que disputaron la superioridad aérea a los 117 aviones de la Legión Cóndor alemana. El 23 de noviembre, el general Franco desistió de continuar el infructuoso ataque frontal a la capital y el frente quedó ese día estabilizado.

La resistencia de Madrid cambió el signo de la guerra. Ya no sería un conflicto de rápidos movimientos envolventes, sino de batallas a gran escala, de maniobras tácticas para alcanzar objetivos estratégicos, en las que unos cuantos centenares de metros de terreno tendrían significado y cuyo modelo sería la guerra de 1914-1918, más que las campañas coloniales, única forma de guerra que los españoles conocían de modo directo.

Al fracasar el ataque frontal los nacionales decidieron envolver Madrid por el noroeste concentrando sus fuerzas para cortar la carretera de La Coruña e intentar penetrar por allí en Madrid. En el primer intento que tuvo lugar a finales de noviembre, primera batalla de la carretera de La Coruña, solo consiguieron avanzar tres de los siete kilómetros previstos, quedando detenido el ataque. El segundo intento tuvo lugar en diciembre segunda batalla de la carretera de La Coruña, y también resultó un fracaso. El tercer y último intento la conocida como tercera batalla de la carretera de La Coruña, tuvo lugar a principios de enero de 1937, y constituyó la primera batalla importante de la Guerra Civil en campo abierto. Los nacionales organizaron un importante ejército, llamado División Reforzada de Madrid, que contaba con tanques italianos, baterías antitanque para contrarrestar los T-26 soviéticos y artillería pesada. Frente a ella los republicanos desplegaron un ejército compuesto de cinco divisiones, cada una con tres brigadas, aunque algunas no estaban completas y muy pocas estaban mandadas por oficiales de infantería de carrera para mandar las cinco divisiones se tuvo que recurrir a dos oficiales retirados por la ley Azaña de 1931, a dos oficiales provenientes de las fuerzas de seguridad, y a un miliciano, el comunista Juan Modesto. Entre los días 6 y 9 de enero, la División Reforzada atacó hacia el norte y luego giró al este al llegar a la carretera de La Coruña, pero las fuerzas republicanas resistieron y los nacionales, tuvieron que desistir en su avance.

Fracasado el intento de envolver Madrid por el noroeste, los nacionales lo intentan por el sureste avanzando hacia el río Jarama para cortar la vital carretera de Valencia, por donde llegaban a Madrid la mayoría de sus suministros. La batalla del Jarama se inició el 4 de febrero, con el ataque por unidades de la Legión Española y fuerzas regulares marroquíes, apoyadas por carros de combate, a las posiciones republicanas. El 11 de febrero, tomaban el puente de Pindoque defendido por la compañía  André Marty, de la XII Brigada Internacional que tuvo 86 muertos. Los nacionales prosiguieron su avance pero las fuerzas republicanas apoyadas por unidades de tanques soviéticos dirigidos por el general Pablo, el general Rodímtsev, y el dominio del aire de la aviación republicana gracias a los Chatos, les obligó a detenerse y renunciar a alcanzar la línea Arganda -Morata de Tajuña. Sin embargo los republicanos no pudieron recuperar el terreno perdido y el frente quedó estabilizado el 23 de febrero, de 1937. Fue el final de la batalla del Jarama.

Mientras se iniciaba la batalla del Jarama, se producía la toma de Málaga por los nacionales el 8 de febrero de 1937, gracias especialmente a la intervención de las unidades motorizadas de la división de milicias fascistas italianas, que había comenzado a llegar a España dos meses antes enviada por Mussolini, imbuido de la idea de que el soldado fascista era muy superior al combatiente rojo. El ataque había comenzado el 14 de enero de 1937, avanzando desde Ronda por el norte, siguiendo la carretera costera avanzando hacia Marbella por el oeste con el apoyo de los dos modernos cruceros Baleares y Canarias que bombardeaban desde el mar y contra los que poco podían hacer los destructores y los más viejos y peor armados cruceros republicanos, y desde Granada hasta Alhama por el noreste. Aunque las milicias republicanas consiguieron contener el ataque tierra adentro, el día 5 de febrero, convergieron varias columnas sobre Málaga encabezadas por las fuerzas italianas. Esto obligó a retirarse a las milicias a la capital pero allí faltas de mandos, de fortificaciones para la defensa y del apoyo de la flota republicana no tuvieron más remedio que emprender la huida hacia el este por la carretera costera de Málaga y Almería, acompañadas de miles de civiles mientras eran ametrallados y bombardeados por la aviación italiana y los barcos de guerra de los sublevados. A los pocos días los nacionales llegaban a Motril haciendo numerosos prisioneros y obteniendo grandes cantidades de material. Una falta de energía moral, señaló el comienzo de la decepción de los comunistas con respecto a la actuación de Largo Caballero como Jefe de Gobierno y ministro de la Guerra. Las salpicaduras llegaron a los mandos que Largo había nombrado, los cuales fueron procesados como resultado de las investigaciones llevadas a cabo después del desastre.

El tercer y último intento de envolver Madrid fue una iniciativa del Corpo di Truppe Volontarie, CTV fascista italiano, a la que accedió el Generalísimo, Franco, y que dio lugar a la batalla de Guadalajara. La idea italiana de la ofensiva era atacar Madrid desde el noreste dirigiéndose a Guadalajara y una vez tomada esta ciudad cortar la carretera de Valencia y entrar en la capital. Para esta operación, en la que se seguiría la táctica de lo que los generales italianos llamaban guerra relámpago, las previsiones eran que en una semana, entre el 8 y el 15 de marzo de 1937, Madrid sería conquistada, se desplegaron buena parte de los de los 48.000 efectivos con que contaba entonces el CTV, integrados en cuatro divisiones con 4.000 vehículos, 542 cañones y 248 aviones.

El día 8 de marzo comenzó el ataque y en la noche del 9 al 10 de marzo, la 3.ª División italiana tomaba Brihuega y el día 11 Trijueque, encontrando una fuerte resistencia de las fuerzas republicanas, entre las que se encontraban la XI y la XII Brigadas Internacionales de las que formaba parte el batallón Garibaldi integrado por italianos antifascistas, apoyadas por las unidades de tanques soviéticos y por la aviación, y ayudadas por el mal tiempo los suelos embarrados por la lluvia dificultaba el avance de los vehículos e impedía el despegue de los aviones de los campos encharcados, mientras que los aviones republicanos sí disponían de campos de aviación utilizables. El 12 de marzo, las tropas republicanas lanzaron una contraofensiva que hizo huir desmoralizada a la 3.ª División italiana y permitió recuperar en los días siguientes Trijueque y Brihuega, apoderándose de material abandonado por los italianos. El día 19 de marzo las fuerzas republicanas detuvieron su avance y organizaron líneas de defensa. El 23 de marzo terminó la batalla de Guadalajara que la prensa internacional liberal y de izquierdas llamó la primera victoria contra el fascismo, destacando el hecho de que muchos legionari, del CTV habían sido capturados por los garibaldini, de las Brigadas Internacionales.

 Con la ayuda rusa la República había podido responder a la amenaza que suponía la llegada de armamento desde Italia y Alemania para el bando nacional. El Ejército Popular ya no consistía en bandas sueltas de milicianos con improvisados mandos. Había demostrado saber retirarse a fortificaciones preparadas, resistiendo con pequeñas retaguardias a la espera de refuerzos. Responder a esta técnica iba a exigir otras capacidades de las que poseía el CTV.


Marzo-noviembre de 1937, la campaña del Norte y las batallas de Brunete y Belchite.

La batalla de Guadalajara fue el último intento del bando sublevado de tomar Madrid y solo una semana después de su final se inició la Campaña del Norte, el ataque de las fuerzas sublevadas contra la franja cantábrica que permanecía fiel a la República pero que estaba aislada por tierra del resto de la zona republicana. El objetivo de los nacionales era controlar sus importantes recursos mineros e industriales especialmente las siderurgias y las fábricas de armas, además de que su conquista permitiría trasladar la flota sublevada al Mediterráneo para intentar detener el tráfico marítimo que se dirigía a los puertos republicanos. La ofensiva de las fuerzas sublevadas al mando del general Mola, unos 28 000 efectivos, incluidos los de las unidades del CTV italiano, apoyados por 140 aviones italianos y alemanes de la Legión Cóndor, se inició el 31 de marzo de 1937, desde las posiciones alcanzadas en octubre de 1936, en la campaña de Guipúzcoa, que se situaban a unos 35 kilómetros al oeste de San Sebastián, sobre las defensas de Vizcaya que había organizado el gobierno vasco presidido por José Antonio Aguirre desde octubre de 1936, tras haber aprobado las Cortes republicanas el Estatuto de Autonomía del País Vasco. El Ejército Vasco reclutado por Aguirre rechazaba la autoridad del general Francisco Llano de la Encomienda que era el jefe del Ejército del Norte, que teóricamente agrupaba a todas las fuerzas de Vizcaya, Santander y Asturias, y actuaba de forma independiente en él no existía la figura del comisario político y tenía pocos mandos profesionales.

En la primera ofensiva de la campaña de Vizcaya las fuerzas nacionales, aunque contaban con la superioridad naval y aérea el grueso de la flota republicana se encontraba en el Mediterráneo y solo había un pequeño número de cazas soviéticos, avanzaron relativamente poco debido a la fuerte resistencia que encontraron y a las malas condiciones meteorológicas. La segunda ofensiva iniciada el 20 de abril tuvo más éxito alcanzando cinco días después la línea Guernica - Durango. El día 26 de abril, tras haber bombardeado Jaén y Durango los días anteriores, se produjo el bombardeo de Guernica por aviones alemanes de la Legión Cóndor y aviones italianos del CTV causando muchas víctimas civiles y una enorme destrucción porque además de las bombas convencionales utilizaron bombas incendiarias. Tres días después las fuerzas nacionales ocupaban la ciudad y el día 30 de abril llegaban a Bermeo.

Entonces ambos ejércitos se reorganizaron el lehendakari  Aguirre en persona asumió el mando supremo del ejército vasco, para atacar y defender respectivamente el conjunto de las fortificaciones alrededor de Bilbao, el llamado Cinturón de Hierro, que sin embargo había perdido gran parte de su utilidad porque el ingeniero que las había diseñado, Alejandro Goicoechea, se había pasado al bando sublevado con los planos de las mismas. Gracias a ellos, los nacionales, pudieron penetrar por sus puntos débiles mientras la ciudad de Bilbao era bombardeada por la artillería pesada y por la aviación. Finalmente Bilbao cayó el 16 de junio, sin que el gobierno de Valencia, presidido desde el 17 de mayo, por el socialista Juan Negrín tras superar la crisis republicana de los sucesos de mayo de 1937, hubiera podido organizar algún ataque en otros frentes que hubiera dificultado la gran concentración de medios terrestres y aéreos desplegada por los nacionales en la Campaña de Vizcaya.

Por fin a principios de julio las fuerzas republicanas lanzaron una ofensiva en el frente de Madrid para aliviar la presión del ejército nacionalista, en el norte. Así el 6 de julio comienza la batalla de Brunete, llamada así porque la lucha por la conquista de ese pueblo situado al oeste de Madrid por los republicanos que pretendía seguir después en dirección sureste para encontrarse con las otras fuerzas gubernamentales que avanzarían desde el sur de la capital, lo que de tener éxito obligaría a los nacionales  a ordenar un repliegue general de sus fuerzas si no querían verse cercados, se convirtió en el elemento central de los combates. El ataque hacia Brunete fue lanzado por el reorganizado V Cuerpo de Ejército republicano al mando del comandante de milicias Juan Modesto apoyado por unidades de tanques T-26 soviéticos que ocupó la localidad casi sin resistencia, pero el general Franco reaccionó rápidamente y envió unidades de la Legión y de Regulares más las brigadas de Navarra y unos 150 aviones italianos y alemanes retirados del frente del norte, deteniéndose así el ataque hacia Santander. Esto permitió a las fuerzas nacionales realizar el contraataque. Empezó así una batalla de desgaste bajo el tremendo sol veraniego, sin sombra ni agua, que terminó arrojando un saldo de 40.000 bajas. La dura batalla concluyó el 26 de julio, por puro agotamiento. El Ejército Popular Republicano había retenido importantes sectores del territorio que había conquistado... aunque perdió Brunete. La batalla de Brunete coincidía con el aniversario del principio de la guerra. A partir de unas cuantas columnas sublevadas que luchaban contra milicias improvisadas se habían formado dos ejércitos con un considerable apoyo de artillería y aviación.


Terminada la batalla de Brunete las fuerzas nacionales se reorganizaron y reanudaron la Campaña del Norte atacando Santander desde el sur por el puerto de montaña de Reinosa y desde el este siguiendo la costa. La batalla de Santander comenzó el 14 de agosto con el ataque a Reinosa que fue ocupada solo dos días después y cuya fábrica de armamento no fue destruida por los republicanos en su retirada en desbandada. La resistencia republicana en la costa también se desplomó rápidamente ante el avance de las unidades del CTV italiano gracias especialmente a la superioridad aérea los republicanos no pudieron enviar aviación a aquella zona debido a la lejanía de las bases, cuyos continuos bombardeos destrozaron y desmoralizaron a las fuerzas republicanas mandadas por el general Mariano Gamir Ulibarri nombrado el 6 de agosto. El 24 de agosto, solo diez días después de iniciada la ofensiva, la ciudad de Santander donde escaseaban los víveres y el combustible debido al bloqueo naval de la armada sublevada, fue ocupada después de que las fuerzas de orden público, una vez evacuados los mandos, izaron bandera blanca. La historia de la campaña de Santander es la de un continuo avance, con ocasionales y breves resistencias. Fueron muchos los prisioneros y los que se " pasaron ", lo que daba fe del estado de desmoralización de las filas republicanas.

La segunda ofensiva republicana para aliviar la presión de los nacionales, en el Norte llegó tarde pues comenzó el mismo día de la caída de Santander. Esta vez se desarrolló en el frente de Aragón, que se mantenía prácticamente inalterado desde el inicio de la guerra cuando las columnas de milicias confederales anarquistas y del POUM salieron de Cataluña y ocuparon la mitad oriental de Aragón donde crearon un ente casi independiente llamado Consejo de Aragón, aunque no consiguieron su objetivo de conquistar Zaragoza, y que tras los sucesos de mayo de 1937, habían sido incorporadas a las unidades regulares del Ejército del Este. El 24 de agosto, comenzó la ofensiva de Zaragoza cuyo propósito era romper el frente y alcanzar la capital aragonesa, lo que obligaría al general Franco a suspender su ofensiva del Norte. Al norte del Ebro combatían las divisiones anarquistas y al sur las comunistas dirigidas por Enrique Líster y los dos generales internacionales Walter y Kleber. Después de la toma de los pueblos de Codo y Quinto cercaron Belchite el día 26, dando inicio a la batalla de Belchite el hecho bélico más destacado de la campaña. Los nacionales, que defendían el pueblo resistieron encarnizadamente hasta el 3 de septiembre. Cuatro días antes los " nacionales ", habían iniciado la contraofensiva que al norte del Ebro hizo retroceder a las divisiones anarquistas y al sur en Fuentes de Ebro, un pueblo situado a 26 kilómetros de Zaragoza, consiguió derrotar a las unidades de tanques soviéticos BT y a la XV Brigada Internacional.

Aunque Belchite permaneció en manos de los republicanos los dos objetivos de la ofensiva de Zaragoza no se consiguieron, ni se tomó la capital aragonesa ni se detuvo el avance nacionalista, en el frente norte. Tras la ocupación de Santander se inició el 1 de septiembre, la ofensiva de Asturias por la costa y por el interior para poner fin al último territorio de la franja norte republicana. Unos días antes se había formado en Gijón Oviedo continuaba ocupada por los nacionalistas, desde el inicio de la guerra, el Consejo Soberano de Asturias y León bajo la presidencia del socialista Belarmino Tomás, uno de los antiguos dirigentes de la Revolución de Asturias de octubre de 1934, que intentó organizar la defensa, pero su situación era tan difícil como la de Santander. Los asturianos no tenían apoyo naval solo disponían del destructor Císcar, ni apoyo aéreo los pocos aviones con que contaban eran muy inferiores a los de los atacantes, y estaban sometidos al bloqueo naval de la armada sublevada lo que había provocado problemas de abastecimientos civiles y militares agravados por la presencia de unos 300.000 refugiados procedentes de otras zonas ocupadas por las tropas nacionales. Así pues la resistencia al avance nacionalista, fue muy difícil de mantener por la carencia de material y alimentos y por el abandono de la zona desde aire y mar y la desmoralización de las tropas dio lugar a retiradas desordenadas a causa del pánico. Sin embargo hasta el 20 de octubre, no fue tomado Gijón, el último reducto de la Asturias republicana y de todo el norte. La mayoría de los prisioneros del Frente Norte fueron recluidos en el campo de Miranda de Ebro.


Las consecuencias de la victoria nacionalista, en la Campaña del Norte fueron muy importantes para el curso de la guerra. Franco pudo concentrar todas sus fuerzas en el centro de España y en el Mediterráneo, y obtuvo el beneficio de una industria no destruida. La victoria restableció el orgullo de Mussolini perdido por la derrota de la batalla de Guadalajara, que en adelante cooperaría de buena gana con Franco. La opinión internacional juzgaba que, una vez perdido el norte, la victoria era cuestión de tiempo.

En noviembre de 1937 el gobierno republicano de Juan Negrín decidió trasladarse de Valencia a Barcelona donde desde noviembre de 1936 ya se encontraba el presidente de la República Manuel Azaña para poner en pleno rendimiento la industria de guerra catalana, que en los meses siguientes quedó bajo la autoridad directa del gobierno de la República, para que supliera la pérdida de las importantes fábricas de armamento de Vizcaya, Cantabria y Asturias, y también para asentar definitivamente la autoridad del gobierno en Cataluña, lo que relegó al gobierno de la Generalidad de Lluís Companys a un papel secundario.