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lunes, 2 de abril de 2018

Batalla de Salamina


Batalla de Salamina
La batalla de Salamina, fue un Combate Naval que enfrentó a una alianza de Ciudades-Estado Griegas con la flota del Imperio Persa en el año 480 a. C. en el golfo Sarónico, donde la isla de Salamina deja dos estrechos canales que dan acceso a la bahía de Eleusis, cerca de Atenas. Este enfrentamiento fue el punto álgido de la Segunda Guerra Médica, el segundo intento persa por invadir Grecia que había comenzado en el 480 a. C. Para frenar el avance persa, los griegos bloquearon el paso de las Termópilas con una pequeña fuerza mientras una armada aliada, formada esencialmente por atenienses, se enfrentaba a la flota persa en los cercanos estrechos de Artemisio. En la batalla de las Termópilas, fue aniquilada la retaguardia de la fuerza griega, mientras que en la batalla de Artemisio los helenos sufrieron grandes pérdidas y se retiraron al tener noticia de la derrota en las Termópilas, lo que permitió a los persas conquistar Beocia y el Ática. Los aliados prepararon la defensa del istmo de Corinto al tiempo que su flota se replegaba hasta la cercana isla de Salamina. Aunque muy inferiores en número, el ateniense Temístocles convenció a los aliados griegos para combatir de nuevo a la flota persa con la esperanza de que una victoria decisiva impidiera las operaciones navales de los Medos contra el Peloponeso. El rey persa Jerjes I, deseaba un combate definitivo, por lo que su fuerza naval se internó en los estrechos de Salamina y trató de bloquear ambos, pero la estrechez de los mismos resultó un obstáculo, pues dificultó sus maniobras y los desorganizó. Aprovechando esta oportunidad, la flota helena se formó en línea, atacó y logró una victoria decisiva gracias al hundimiento o captura de al menos 300 navíos persas. Jerjes, se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército, pero dejó a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. Sin embargo, al año siguiente lo que restaba del ejército Medo fue derrotado en la batalla de Platea y la armada persa en la batalla de Mícala. Tras estos reveses los persas no volvieron a intentar la conquista del mundo Heleno. Las batallas de Salamina y Platea marcaron un punto de inflexión en el curso de las Guerras Médicas, pues en adelante las Polis griegas tomaron la iniciativa y pasaron a la ofensiva.
 Historia
Las Polis de Atenas y Eretria, habían apoyado, sin éxito, una revuelta en Jonia liderada por el Sátrapa de Mileto, Aristágoras, entre el año 499 y el 494 a. C. contra el imperio persa de Darío I. El imperio persa era entonces relativamente joven y sufría frecuentes revueltas entre los pueblos que había sometido.​ A ello se unía que Darío era un usurpador, y hubo de afrontar y extinguir numerosos alzamientos contra su autoridad.​ La revuelta jonia amenazó la integridad de sus dominios, por lo que el rey persa prometió castigar a todos los involucrados en ella y especialmente a los poderes foráneos que la apoyaron.​ Al tiempo, Darío vio la oportunidad de expandir su imperio a costa del fragmentado mundo de la antigua Grecia.​ Con esa intención envió una primera expedición militar al mando de su general Mardonio en el año 492 a. C., asegurando las tierras próximas a Grecia gracias a la reconquista de Tracia y a la subyugación del Reino de Macedonia, que pasó a ser vasallo de Persia.​ En el año 491, Darío envió emisarios a todas las Polis griegas exigiendo tierra y agua, como gesto de sumisión.​ Habiendo tenido una demostración de su poder el año anterior, la mayoría de ciudades griegas se vieron obligadas a aceptar. En Atenas, sin embargo, los embajadores Medos fueron llevados a juicio y ejecutados, mientras que en Esparta simplemente fueron arrojados a un pozo.​ Ello significó que Esparta estaba, de hecho, en guerra con Persia.​

Darío reunió en el año 490, una fuerza anfibia de ataque que puso bajo mando de Datis y Artafernes, y atacó Naxos, con lo que consiguió la sumisión del resto de islas Cícladas. Esta fuerza se trasladó después a la ciudad de Eretria, que fue asediada y arrasada.​ Finalmente, se dirigió a Atenas, desembarcó en la bahía de Maratón, donde fue enfrentada por un numeroso ejército ateniense. En la resultante batalla de Maratón, los atenienses lograron una sonada victoria que obligó a los persas a retirarse a Asia.​ El rey Darío, comenzó a crear un nuevo y enorme ejército con la intención de subyugar toda Grecia, pero en el año 486 a. C. sus súbditos egipcios se alzaron y obligaron a posponer indefinidamente la invasión del mundo heleno.​ Darío, falleció durante la preparación de la marcha a Egipto, y el trono de Persia pasó a su hijo Jerjes I,​ quien aplastó la revuelta egipcia y rápidamente retomó los preparativos para la invasión de Grecia.​ Debido a que iba a ser una invasión a gran escala, requirió mucho tiempo de planificación, aprovisionamiento y reclutamiento de tropas.​ Jerjes, decidió crear unos pontones en el estrecho del Helesponto, para que su ejército cruzara a Europa, y también que se debía cavar un canal a través del istmo del monte Athos, para rodear un promontorio en el que había sido destruida una flota persa en el año 492.​ Estas eran dos hazañas de excepcional ambición solo al alcance de un Gran Imperio.​ A comienzos del año 480, los preparativos se habían completado y el ejército que Jerjes había reunido en Sardes comenzó a marchar hacia Europa cruzando el Helesponto a través de dos puentes de pontones. Los atenienses también habían estado preparando la guerra contra los persas desde mediados de la década del año 480, y en el año 482, tomaron la decisión, bajo guía del político ateniense Temístocles, de construir una enorme flota de trirremes, para combatir contra los Medos.​ Sin embargo, los atenienses no tenían hombres suficientes para luchar en tierra y mar, por lo que la lucha contra los persas requeriría una alianza de Polis Griegas. En el  año 481 a. C. Jerjes, envió embajadores por toda Grecia exigiendo de nuevo, tierra y agua, pero omitió deliberadamente a Atenas y Esparta,​ Polis que comenzaron a aglutinar a apoyos. Se reunió un Congreso de Polis en Corinto hacia finales del otoño del año 481, del que salió una Alianza Confederada de Polis,​ con el poder de enviar emisarios para pedir ayuda y destacar tropas de las ciudades miembros en puntos defensivos tras realizar consultas.  Inicialmente el congreso estuvo de acuerdo en defender el estrecho del Valle de Tempe, en la frontera de Tesalia, para bloquear allí el ejército de Jerjes.​ Sin embargo, una vez que llegaron al lugar fueron advertidos por Alejandro I de Macedonia, de que el valle podía ser atravesado por otro paso, y que el ejército de Jerjes era abrumador, por lo que los griegos se retiraron.​ Poco después, recibieron la noticia de que los persas habían cruzado el Helesponto, por lo que los aliados adoptaron una segunda táctica. La ruta hacia el sur de Grecia, Beocia, el Ática y el Peloponeso, llevaría al ejército de Jerjes a atravesar el estrecho paso de las Termópilas, que podría ser fácilmente bloqueado por las falanges de los Hoplitas griegos a pesar de la enorme superioridad numérica del enemigo. Por otra parte, y para evitar que los persas saltaran las Termópilas por mar, los atenienses y sus aliados cerrarían los estrechos de Artemisio. El Congreso adoptó esta estrategia dual.​ Sin embargo, las ciudades del Peloponeso hicieron planes de repliegue para defender el Istmo de Corinto, si fuera necesario, al tiempo que las mujeres y los niños de Atenas, fueron evacuados en masa a la ciudad Peloponesia de Trecén.​



En una batalla legendaria, un pequeño ejército griego detuvo durante tres días en el paso de las Termópilas a la abrumadoramente superior fuerza persa, hasta que fueron traicionados y flanqueados por un paso de montaña. La mayoría del ejército Heleno pudo retirarse, pero la retaguardia, compuesta por espartanos y tespios, fue rodeada y aniquilada.​ En la simultánea Batalla Naval de Artemisio se llegó a un punto muerto,​ pero cuando llegaron las noticias de lo acaecido en las Termópilas, la armada aliada también se retiró, puesto que la defensa de los estrechos de Artemisio ya no tenía sentido.
Preludio
La flota aliada entonces navegó desde Artemisio a Salamina, para ayudar en la evacuación final de Atenas. Estando en ruta, Temístocles dejó inscripciones dirigidas a los tripulantes griegos Jonios de la flota persa, en todas las fuentes de agua en las que tendrían que parar, pidiéndoles que desertaran por la causa aliada. Tras su victoria en las Termópilas, el ejército persa procedió a quemar y saquear las ciudades de Beocia que no se habían rendido, Platea y Tespias, antes de marchar hacia la ya evacuada Atenas.​ Los aliados, esencialmente Peloponesios, se prepararon para defender el Istmo de Corinto, destruyendo el único camino que lo cruzaba y construyendo un muro.​ Sin embargo, esta estrategia era errónea a menos que la flota aliada fuera capaz de impedir a la flota persa el transporte de tropas a través del Golfo Sarónico. En un consejo de guerra convocado tras la evacuación de Atenas, el comandante naval de Corintio, Adimanto, defendió que la flota debía reunirse frente a la costa del Istmo para elaborar un bloqueo.​ Sin embargo, Temístocles se mostró partidario de una estrategia ofensiva con la finalidad de destruir la superioridad naval persa. Para ello se basó en las lecciones aprendidas en Artemisio, señalando que, una batalla a corta distancia nos beneficia.​ Su opinión prevaleció y la armada aliada permaneció frente a las costas de Salamina.​ 

Temístocles

El momento exacto de la Batalla de Salamina, es difícil de definir.​ Heródoto presenta la batalla como si se hubiera producido inmediatamente después de la captura de Atenas, pero en ningún momento lo dice explícitamente. Si las Termópilas y Artemisio ocurrieron en septiembre, pudo ser así, pero es más probable que los persas emplearan dos o tres semanas tomando Atenas, reparando su flota y reabasteciéndose.​ Sí sabemos que en algún momento tras la captura de Atenas, Jerjes celebró un Consejo de Guerra con la flota persa, Artemisia, Reina de Halicarnaso y Comandante de su escuadrón naval dentro de la flota de Jerjes, trató de convencer al Rey Persa para que esperara a que los aliados se rindieran, pues creía que combatir en Salamina, era un riesgo. Es difícil establecer qué fue lo que llevó finalmente a que se librara la batalla, asumiendo que ninguna de las partes atacó sin premeditación.​ Está claro que en algún momento antes de la batalla, le comenzaron a llegar a Jerjes noticias de las desavenencias en el bando aliado, pues los peloponesios querían evacuar Salamina, mientras todavía hubiera tiempo.​ Esta supuesta división entre los aliados pudo ser simplemente un ardid para forzar a los Medos a combatir.​ Por otra parte, este cambio de actitud entre los aliados, que habían esperado pacientemente frente a Salamina, al menos una semana mientras Atenas era saqueada, podía ser una respuesta a las maniobras ofensivas persas.​ Posiblemente, un ejército persa había sido enviado a marchar contra el Istmo para probar el nervio de la flota.​ Sea como fuere, cuando Jerjes recibió las noticias ordenó a su flota salir a patrullar frente a las costas de Salamina y bloquear la salida sur.​ Luego, al atardecer, ordenó que se retiraran, seguramente para tentar a los aliados a emprender una evacuación apresurada.​ Esa noche Temístocles intentó lo que hoy nos parece un éxito espectacular del uso de la desinformación. Envió a Jerjes un sirviente, Sicinos, con un mensaje proclamando que Temístocles estaba del lado del Rey, y prefería que prevaleciera su causa a la de los Helenos.​ Temístocles, decía que el mando aliado estaba enfrentado, que los peloponesios planeaban evacuar esa misma noche y que, para conseguir la victoria, todo lo que los persas tenían que hacer era bloquear los estrechos.​ Y eso era exactamente lo que Jerjes quería oír, que los atenienses podrían estar dispuestos a someterse a él y que sería capaz de destruir al resto de la flota aliada.​ Jerjes mordió el anzuelo y la flota persa fue enviada esa misma noche para iniciar el bloqueo.​ El Rey persa ordenó que se dispusiera un trono en las laderas del Monte Aigaleo, con vistas al estrecho, para presenciar la batalla de manera inmejorable y anotar los nombres de los comandantes que mejor se desempeñaran.​ Los aliados pasaron la noche discutiendo acaloradamente el curso de las acciones.​ Los peloponesios querían evacuar,​ y fue en ese punto cuando Temístocles intentó su truco con Jerjes.​ No fue hasta que apareció Arístides, general ateniense exiliado que llegó esa noche seguido por algunos desertores de los persas, con noticias sobre el despliegue de la flota persa,​ que los peloponesios aceptaron que no tenían escapatoria y debían luchar.​ Sin embargo, se ha sugerido con razón que los peloponesios tomaron parte en el ardid de Temístocles, y que aceptaron serenamente que tenían que luchar en Salamina.​ La armada aliada pudo así prepararse adecuadamente para la inminente batalla, mientras que los persas pasaron la noche en el mar, buscando sin éxito la supuesta evacuación griega. La mañana siguiente, los persas navegaron a los estrechos para atacar a la flota Helena. No está claro cuándo, cómo ni por qué se tomó esta decisión, pero sí es evidente que buscaron el combate con los aliados.​ El rey Jerjes y su asesor jefe, Mardonio, decidieron atacar de todos modos.
Estrategia y Tácticas
La estrategia global de los persas para la invasión del  año 480 a. C. fue abrumar a los griegos con una masiva fuerza e intentar completar la conquista de Grecia en una sola campaña.​ Por el contrario, los griegos buscaron hacer el mejor uso posible de su reducido número con la defensa de enclaves concretos para así mantener a los persas en campaña el mayor tiempo posible. Jerjes, obviamente no había previsto esa resistencia, pues de ser así habría iniciado la campaña bastante antes, y tampoco habría esperado cuatro días en las Termópilas, dando tiempo a los helenos para dispersarse.​ El tiempo era entonces esencial para los persas, pues la enorme fuerza invasora no podía ser mantenida indefinidamente, ni Jerjes quería estar tanto tiempo fuera de su Imperio.​ Las Termópilas, demostraron que era inútil un asalto frontal contra las bien defendidas posiciones griegas, y con los Helenos ya atrincherados en el Istmo de Corinto, había pocas posibilidades de conquistar el resto de Grecia por tierra.​ Sin embargo, como también se demostró en las Termópilas, si los griegos podían ser flanqueados, su reducido número de tropas podía ser aniquilado.​ Un movimiento envolvente en el Istmo, requería del uso de la flota persa, y por tanto de la destrucción de la flota griega. Si Jerjes, destruía la flota aliada estaría en una posición inmejorable para forzar la rendición de los griegos, y ello parecía la única esperanza de lograr concluir la guerra en esa campaña.​ Por el contrario, evitando la destrucción o como Temístocles esperaba, paralizando a la flota persa, los griegos podían evitar ser conquistados.​ Sin embargo, no era estratégicamente necesario para los persas luchar en Salamina.​ La Reina Artemisia de Caria se lo señaló a Jerjes en el preludio de Salamina, afirmando que luchar en el mar era un riesgo innecesario, y recomendando en su lugar.
Si no se apresura a combatir en el mar y mantiene sus barcos aquí y cerca de tierra, o incluso avanza al Peloponeso, entonces, mi señor, logrará cumplir fácilmente lo que tenía en mente cuando vino aquí. Los helenos no serán capaces de resistir contra usted durante mucho tiempo, los dispersará y cada uno huirá a su ciudad.
La flota persa todavía era lo suficientemente grande como para bloquear a la armada aliada en los estrechos y hacer desembarcar tropas en el Peloponeso.​ Sin embargo, a fin de cuentas ambos bandos estaban preparados para arriesgarlo todo en una batalla naval, con la esperanza de alterar decisivamente el curso de la guerra. Los persas contaban con una ventaja táctica considerable, y no solo por su número muy superior, sino porque tenían mejores barcos, pues la mayoría de los barcos atenienses eran de nueva construcción y estaban tripulados por hombres inexpertos.​ La táctica naval más común en el Mediterráneo era embestir con los espolones con que estaban equipados los Trirremes y abordar la nave enemiga con la infantería, lo que venía a ser una batalla terrestre sobre la cubierta de los barcos.​ En esa época los persas y los griegos asiáticos habían comenzado a emplear una técnica conocida como Diekplous, que no está claro qué era, pero probablemente implicaba que una nave penetrara entre otras dos enemigas y las embistiera en sus bandas.​ Esta maniobra requeriría una considerable maestría en la navegación a vela y es más probable que la emplearan los persas. Los aliados, sin embargo, desarrollaron tácticas para contrarrestarla.


 Para los griegos, la única esperanza real de lograr una victoria definitiva era atraer a los persas a un lugar estrecho, donde su número no sería tan decisivo.​ En la batalla en Artemisio, habían intentado minimizar la ventaja numérica persa, pero al final los griegos se dieron cuenta que necesitaban un paso aún más estrecho para derrotarlos.​ Por lo tanto, internándose en los canales de Salamina para atacar a los helenos, los persas estaban jugando en el terreno que quería su enemigo. Está claro que los persas no habrían hecho eso de no estar seguros de su victoria, por lo que es evidente que el ardid de Temístocles desempeñó un papel clave para inclinar la balanza a favor de los griegos.​ Salamina, fue para los persas, una batalla innecesaria y un error estratégico. En la flota aliada, los atenienses estaban a la izquierda, en la derecha probablemente los espartanos y en el centro el resto de aliados.​ La flota Meda, fue enviada a bloquear la salida de los estrechos la tarde antes de la batalla. la flota persa en realidad entró en los estrechos al caer la noche con la intención de capturar a los aliados que huían. La flota egipcia fue enviada a circunnavegar Salamina por el sur y bloquear la salida norte de los estrechos.​ Si Jerjes quería atrapar completamente a los aliados, esta maniobra tendría sentido.​​ Jerjes también había desplegado unos 400 soldados en la isla llamada Psitalea, en el centro de la salida de los estrechos, con la orden de matar o capturar a cualquier griego que pusiera pie en ella como consecuencia de un naufragio o un en callamiento.​ 
Fase Inicial
Independientemente del momento en el que penetraran en el estrecho, los navíos persas no iniciaron el ataque hasta el amanecer. Puesto que, después de todo, no tenían previsto huir, los aliados pasaron la noche preparándose para la batalla, y tras un discurso de Temístocles, la infantería embarcó, lista para navegar.​​ Los persas no entraron en los estrechos hasta el amanecer, los aliados tuvieron tiempo de tomar posiciones de una forma más ordenada.​ A medida que se aproximaban los Medos, pudieron oír a los griegos cantando su himno de batalla.
Adelante, hijos de los griegos,
liberad la patria,
liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres,
los altares de los dioses de vuestros padres,
y las tumbas de vuestros antepasados,
es hora de luchar por todo.
Mientras se aproximaban a los aliados en los angostos estrechos, los persas al parecer se desorganizaron y hacinaron, lejos de dividirse, la flota griega estaba alineada y lista para atacar. A pesar de ello no atacaron inmediatamente y dieron impresión de mantenerse alejados por temor al enemigo. Trataban de obtener una mejor posición y ganar tiempo hasta la llegada del viento matutino. Mientras los aliados esperaban en el fondo del estrecho, una única nave se adelantó para embestir al barco persa más cercano. Los Atenienses afirmaron que ese barco pertenecía al también Ateniense Ameinias de Palene, mientras que los de Egina dijeron que era uno de los suyos. A continuación toda la flota griega hizo lo mismo y se lanzó contra la desorganizada línea de batalla persa.
Combate
Los detalles del resto de la batalla son generalmente superficiales, pues ninguno de los implicados pudo tener una visión general de lo que estaba ocurriendo.​ Los trirremes contaban, por lo general, con un gran espolón con forma de carnero en la proa con el que podían embestir y hundir naves enemigas, o al menos inutilizar los remos de una de sus bandas.​ Si la embestida inicial no era exitosa, se producía un abordaje de la infantería y combates cuerpo a cuerpo similares a los de las batallas en tierra.​ Por ello, ambos bandos llevaban soldados embarcados, en el caso de los griegos, los temibles Hoplitas​ y en el de los persas infantería iraní con armamento y protecciones más ligeras. Una vez que la primera línea de barcos persas fue embestida por los helenos, esta obstaculizó las acciones de la segunda y tercera línea.​ En el flanco izquierdo de los griegos el almirante persa Ariamenes, hermano de Jerjes, cayó muerto muy pronto.​ Sin liderazgo y desorganizados, los escuadrones fenicios fueron empujados hacia la costa, donde muchos de sus barcos quedaron varados.​ En el centro, los barcos aliados hicieron cuña a través de las naves persas y dividieron a la armada Meda en dos. Artemisia, Reina de Halicarnaso y comandante del contingente de Caria, fue perseguida por el barco de Ameinias de Palene. En su empeño de escapar, ella embistió y atacó a otro barco persa, lo que hizo creer al ateniense que era una aliada y desistió de perseguirla.​ Sin embargo, Jerjes, viendo la acción, pensó que la reina había atacado con éxito a un barco aliado, y comparando con el pobre desempeño de sus otros comandantes, comentó que, Mis hombres se han convertido en mujeres, y mis mujeres en hombres.​ La flota persa comenzó a retroceder hacia Falero, pero fue emboscada por los Eginetas cuando trataban de salir de los estrechos.​ Los restantes barcos persas llegaron como pudieron al puerto de Falero junto al resto del ejército persa.​ Entonces el general ateniense Arístides, lideró un destacamento de soldados hasta el islote de Psitalea para aniquilar a la guarnición que Jerjes había dejado allí.​​ Los persas sufrieron muchas más bajas que los aliados, en parte porque la mayoría de asiáticos no sabía nadar.​ Jerjes, sentado en su trono del Monte Aigaleos, fue testigo de la masacre de su armada.​ Algunos capitanes de los barcos fenicios naufragados trataron de culpar a los Jonios por su cobardía ante el final de la batalla.​ Jerjes, visiblemente enfadado y habiendo sido testigo de cómo los Jonios apresaban una nave de Egina, ordenó decapitar a los Fenicios por intentar calumniar a los hombres más nobles. 





Consecuencias 
Inmediatamente después de la batalla en Salamina, Jerjes intentó construir un puente de pontones a través de los estrechos, con la finalidad de hacer atravesar a su ejército para atacar a los atenienses. Sin embargo, con la flota aliada ya patrullando el estrecho, este empeño resultó inútil.​ Temiendo que los griegos pudieran atacar los pontones tendidos en el Helesponto, atrapando así a Jerjes en Europa, el Rey Persa decidió marcharse con gran parte de su ejército.​ Mardonio eligió a dedo algunas tropas para que se quedaran con él en Grecia, las unidades de élite de la infantería y la caballería, para intentar completar la conquista del mundo Heleno.​ Sin embargo, todas las fuerzas persas abandonaron el Ática e invernaron en Beocia y Tesalia, con lo que los atenienses pudieron retornar a su ciudad arrasada para pasar el invierno.​ Al año siguiente, año 479 a. C., Mardonio recapturó Atenas y el ejército aliado permaneció protegiendo el Istmo de Corinto. A pesar de ello, los Helenos, bajo liderazgo espartano, intentaron finalmente forzar a Mardonio a combatir y marcharon hacia  Ática.​ El general persa retrocedió hasta Beocia para atraer a los aliados a un terreno abierto y ambos bandos acabaron por encontrarse cerca de la ciudad de Platea, que había sido arrasada el año anterior.​ Allí, en la batalla de Platea, el ejército griego consiguió una victoria decisiva, aniquilando a gran parte del ejército Medo y poniendo fin a la invasión persa de Grecia. Mientras, en la casi simultánea Batalla Naval de Mícala la armada aliada acabó con lo que quedaba de la flota persa.
Significación
La batalla de Salamina marcó un punto de inflexión en las Guerras Médicas.​ Tras este combate naval, el Peloponeso, y por extensión Grecia como una entidad, se salvaron de la invasión. Los persas, por su parte, sufrieron un duro golpe a su prestigio y moral, además de grandes pérdidas materiales y humanas.​ Tras las posteriores batallas, de Platea y Mícala desapareció para los griegos la amenaza de invasión, y los aliados pudieron pasar a la contraofensiva.​ La victoria helena permitió que Macedonia se rebelara contra el dominio persa, y en las tres décadas siguientes, Tracia, las islas del Egeo y, finalmente, Jonia, fueron liberadas del dominio del Imperio Aqueménida por los aliados o por la Liga de Delos.​ Salamina inició un giro decisivo en el balance de fuerzas a favor de los griegos que culminó en su victoria final y en una reducción considerable del poder persa en el mar Egeo. Al igual que las Batallas de Maratón y las Termópilas, Salamina se ha convertido en una leyenda, a diferencia de la todavía más decisiva batalla de Platea.